EL ÚLTIMO
TRABAJO DE JACK
La niebla de Whitechapel no era aire, sino un sudario húmedo que se
pegaba a la piel como el remordimiento. Jack Aquella noche de 1888, el hombre
conocido como Jack después de su último asesinato sintió esas inmensas ganas de
terminar de quitar vidas, ya no sentía esa misma algarabía de un comienzo,
entonces meditaba sobre su retiro, avanzaba con el paso rítmico de un
depredador que ya no siente emoción, solo una inercia mecánica. En su maletín,
el acero descansaba frío, esperando el contacto con la calidez de la vida.
Dobló la esquina de Miller’s Court, buscando la penumbra necesaria para su
ritual, cuando un susurro rompió la monotonía del viento. No era el grito de
una víctima ni el silbato de un bobby. Era una voz pequeña, quebradiza pero
firme. —Sé quién es usted. Lo he estado siguiendo desde la calle comercial.
Jack se detuvo. Sus dedos se cerraron sobre el mango del cuchillo. Al girarse,
no encontró a un hombre robusto ni a una mujer aterrorizada, sino a una niña de
no más de diez años. Luciana, con el rostro sucio de hollín y unos ojos que
habían visto demasiados inviernos, no retrocedió. —¿No tienes miedo, pequeña?
—preguntó él, con una voz que sonaba a lija sobre madera. —Tengo más miedo de
volver a casa —respondió ella, dándose un paso al frente—. Mi padrastro... él
rompe las cosas. Rompe a mi madre. Me rompe a mí. Los gritos de las mujeres que
usted busca son cortos, señor. Los nuestros duran años. Jack observó las marcas
moradas que asomaban bajo el cuello del vestido raído de la niña. Por un
instante, la lógica retorcida del asesino encontró un nuevo propósito. Él, que
se consideraba un cirujano del caos, vio en la petición de Luciana una
intervención necesaria. —Llévame —dijo simplemente. Caminaron en silencio hasta
una pensión destartalada. Luciana señaló una puerta al fondo de un pasillo que
olía a ginebra barata y desesperación. Jack entró como una sombra. En el
interior, un hombre corpulento dormía con la boca abierta, rodeado de botellas
vacías, mientras una mujer sollozaba en silencio en un rincón, ocultando un
labio partido. Lo que siguió no fue un asesinato, fue una ejecución. Jack no
utilizó su precisión habitual; descargó una furia que no sabía que poseía.
Cuando terminó, sus guantes estaban empapados. La mujer lo miró con un terror
que pronto se transformó en un alivio culposo. Luciana, desde el umbral,
asintió una sola vez. Era un pacto sellado en sangre. Sin embargo, el destino
tiene un sentido del humor macabro. Al salir de la pensión, la fatiga y el peso
de su propia leyenda lo hicieron descuidado. Una patrulla de la policía
metropolitana, alertada por los ruidos, lo rodeó en el callejón. Por primera
vez, el cuchillo cayó de sus manos. El "Terror de Londres" había sido
atrapado no por sus crímenes famosos, sino por un acto de justicia
extraoficial. La noticia corrió como pólvora. A la mañana siguiente, mientras
los agentes lo conducían desde la comisaría hacia un carruaje blindado para
trasladarlo a la prisión de Newgate, una multitud enfurecida se agolpaba tras
los cordones policiales. Entre los gritos de "¡Asesino!" y
"¡Monstruo!", un joven de apenas dieciocho años se abría paso a
empujones. Era el hijo de una de las víctimas de Jack, un muchacho cuyo
apellido había sido manchado por la tragedia meses atrás. Jack caminaba con la
cabeza en alto, rodeado de guardias. Justo cuando ponía un pie en el estribo
del carruaje, el joven sacó un revólver de entre sus ropas. —¡Por mi madre y
por Londres! —rugió. El disparo resonó contra las paredes de piedra. La bala
impactó en el pecho del hombre que había mantenido a la ciudad en vilo. Jack se
desplomó sobre el pavimento mojado. Mientras su vista se nublaba, alcanzó a
ver, entre la multitud, la figura de Luciana. Ella estaba allí, de la mano de su
madre, observando cómo el hombre que las salvó se desangraba frente a un mundo
que nunca entendería su último acto. El mito moría allí, en el barro,
terminando el reinado del destripador con el mismo metal frío con el que él
había gobernado las sombras.
Ray James López Chávez, de
nacionalidad peruana, reside en Arequipa, es profesor del nivel secundario especialidad
de comunicación, bachiller en educación secundaria, usa el seudónimo de Américo
Chávez, el zorro y el escritor de los ojos tristes. Ha publicado su poemario “En
tu nombre” (2022), Publicó su primera novela “La Puerquis” (2023), Director y
fundador de la revista digital “Dragón escritor” (2021) Vicepresidente de la
RAIAL “Real Academia Internacional de Arte y literatura” Filial Perú .Ganador
del primer puesto en el VI concurso internacional de poema “Poeta sin futuro
show” 2022, Premio Péndola Dorada 2022 y 2025 .Ha trabajado en la instituciones
educativas 40326 Juan Velasco Alvarado –
San Camilo , Nuestra Señora de Fátima, San Francisco de Sales ,40021 Técnico
Agropecuario La Colina 2025 y actualmente en la IE 40625 Corazón de Jesús en Majes Pedregal.

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