“EL REGRESO”

 


     El corazón le sonó como una campana húmeda cuando le dijeron: “Es tiempo”.  La luz tenue del cartel “Hogar de cuidado para mayores” le daba la bienvenida. Entonces Carmela se vio niña de nuevo.  Como en un rompecabezas fue uniendo las astillas    dispersas del espejo roto de la memoria y recordó una frase con la que la maestra de primer grado, allá en su pueblo natal Moraira, la había recibido el primer día de clases: “aprendiendo a ver”.   Vio las letras multicolores que jugaban en las paredes y después desandaban apresuradas para chocarse con otras y así formar inocentes palabras. Tan inocentes como la frase que su hijo Joaquín pronunció el día que la dejó en el recibidor del Hogar: “Es tiempo”.  Entonces   las horas empezaron   a transcurrir lentas como una miel dorada. ___Inés, la del turno mañana, no vino a darme la pastilla de la seis___ Todas sus alegrías estaban amortajadas. Los días sin aconteceres se le hacían larguísimos. El resplandor rojizo de una luz que pertenecía tanto a la noche como al amanecer se colaba por la puerta entreabierta. Por esa hendidura el tiempo se metía como un intruso en los despertares.  La casa grande y fresca, de una sola planta, había sido construida por un arquitecto inglés a principios del siglo veinte.  El piso de pinotea cubría las distintas dependencias decoradas con muebles ingleses de fines del siglo XIX.   En el centro del patio de ladrillos, en ese cielo encauzado, entre malvones, geranios y glicinas se erguía majestuoso el aljibe cuyo pozo, por precaución, permanecía herméticamente cerrado.    Un día cuando el anochecer se esparcía como tinta derramada sobre el patio, se escuchó un grito.  Carmela lloraba   desconsoladamente sentada sobre el brocal __ ¡Veo la imagen de mi finado Ernesto en el agua! __.   A los ochenta y un años se daba cuenta de que estaba prendida a este mundo por unas hilachas tenues que podían romperse sin dolor con un simple cambio de posición en la cama.  La memoria, que repetidas veces le jugaba una mala pasada, la llevaba a su pueblito natal Moraira,   allá en las costas de Alicante. A pesar de que pasaron setenta años de aquella destajada tarde cuando se embarcó con su madre hacia la Argentina todavía lo recordaba.  __Me tenés cansada Carmela con tus cuentos de la playa blanca de Moraira__ le decía Josefa, su compañera de habitación, mientras compartían el juego en esos lentos atardeceres de naipes. Josefa también había sido depositada por su hija en el Hogar. Aunque era más vieja que Carmela ella sí conservaba toda su lucidez. Todas las tardes la visitaba Juliana que le traía chocolates __¡Qué bien se te ve aquí mamá!__ le decía mirándola como si fuese un pájaro sin alas. Entonces Josefa comprendía hasta qué punto había sido otra víctima fácil de las trampas caritativas de una hija.  Plinio, la mascota del Hogar, entraba todas las mañanas al comedor con sus patas torcidas, como si en cada una de ellas llevara colgado el cansancio y la tristeza de todos los viejos del lugar.  Carmela   lo sentaba sobre sus faldas, le daba terrones de azúcar y le hablaba __En la guerra mi padre se enfermó de peste. La fiebre no lo dejó por muchos días. Siempre en cama, días y días. Yo tenía miedo. Sentía que se iba. Así que perdí toda esperanza hasta que una noche el perro negro que teníamos, parecido a vos Plinio, se paró en la puerta del cuarto y empezó a aullar largamente. Al amanecer fue entrando en un desmayo blanco y frío. Mi madre me abrazó, nos habíamos quedado solas, sin querer tenernos___    Y así se iban llenando los días con tantos recuerdos como de pájaros el atardecer. __Las 6 y 30 y la flaca malhumorada del turno mañana no viene a darme la pastilla__.   Entonces memoria y suceso se juntaron en el tiempo y un dulce cosquilleo subió desde la penumbra de la habitación, reanimó la piel y desentumeció el cuerpo de Carmela.  “Me pongo el vestido blanco, salgo hacia el largo corredor, el sereno duerme sobre una desvencijada silla.  Cruzo la galería impregnada de magnolias y voy hacia el jardín que da a la calle. Paro un taxi   __Hacia la estación de Atocha__ digo desplegándome el chal verde sobre los hombros. La luz de la mañana se extravía entre los andenes. El cielo azul cae a pedazos entre los durmientes. El tren corre estrepitosamente hasta que el paisaje de Moraira se me presenta ancho y familiar.   Las nubes penden sobre el mar. La bahía entera se extiende ante mí, el viejísimo faro, austero y erguido en el medio. Después algunas casas de pescadores se desvanecen en suaves pliegos sobre los acantilados. El aire como una gasa fina cubre todo el paisaje. Camino hacia el mar descalzo y entro en la rompiente. La espuma me acaricia las rodillas. El viento arrecia y me quito el vestido blanco y los anteojos de sol.  Puedo sentir los rayos de sol palpitantes sobre mi espalda.  El mar está cubierto de diamantes y juego libre como una niña.    Entonces de verdad la paz llega. La mañana color púrpura me devuelve mi libertad.  Nada ahora se me resiste, nada me dice “es tiempo”. Nado hacia la orilla. Me quedo un rato inmóvil sobre la arena sin atreverme a abrir los ojos. Siento la plenitud física de la cobertura del mundo. No encuentro mi vestido.  ¡Ya las ocho!  ¡Llegaré justo para el desayuno! En el trajinar de tazas, retos y charlas de viejos nadie se dará cuenta.”                                                                                                       Carmela irrumpe en el comedor desnuda, con los anteojos de sol y los pies empapados en talco. Inés, la del turno mañana, y otra enfermera corren a ayudarla. La cubren con una manta y la llevan hacia la habitación.                                                                                                                                         _¿Qué te pasa Carmela?__ le preguntan casi con angustia.                                                                                                                                                                                                        __¡Pobres  infelices! Cómo se nota que no conocen la felicidad de la arena blanca y suave de Moraira__ piensa Carmela.

 BIOGRAFÍA DE LA AUTORA

   Graciela Susana Nardín es Bachiller en Letras, Profesora de Castellano, Literatura y Latín,  además posee posgrados en  Diplomaturas   Superiores  en FLACSO. Fue coordinadora del taller literario “De puño y letra” y de  cinco  revistas del mismo nombre. Dirige el taller literario “El galponcito”. Correctora literaria y prologuista de varios autores locales. Recibió el primer premio en la categoría cuento en el 22° Certamen Internacional de  cuento “Mis escritos”. Tiene cinco obras publicadas y una novela. Obtuvo el primer premio internacional con la novela “El grito en el desierto verde”.

 


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